Israel Fernández
De vez en cuando, el padre de Israel llegaba de madrugada con unos amigos y como estaban a gusto lo llamaba para que bajara al salón.
—¡Hijo, anda ven y cántale algo a estos señores!
Al niño le gustaba tanto cantar. No había cosa que le gustase más, pero eso de salir de la cama a las tres de la mañana y ponerse a interpretar en calzoncillos una bulería o un fandango para aquellos caballeros le requería cierta resignación: "Lo hacía por respeto a mi padre”, dice Israel Fernández sentado a la mesa en una comida en casa de su abuela Petra.

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